El aprendizaje de la escritura empieza mucho antes de que el niño/a tenga conocimiento de las primeras letras. Es por ello que la prevención de la disgrafía también se remonta a estos momentos previos. Como he comentado anteriormente (art. I y II), el acto de escribir es un acto muy complejo que implica la maduración de diversas funciones tanto cognitivas (visión, atención, memoria, consciencia del esquema corporal, etc.) como motoras o grafomotoras (una motricidad fina especializada en la inscripción de las letras).
Podríamos decir que el que será el acto de escribir irá madurando desde los primeros meses de vida hasta la etapa de la personalización de la escritura a partir de los 12 años, cuando ésta ya se transforma en la escritura del adulto con sus características representativas de la personalidad de quien escribe.
¿De qué forma irán madurando todas las habilidades subyacentes en la escritura? Mediante el juego, la motivación, una grafomotricidad correctamente desarrollada y una posición y prensión correcta del útil de escritura.
A través del juego, el niño aprende a percibir los objetos y su posición en el espacio, el tamaño, el color, la forma. Manipulando estos objetos también trabaja la motricidad de las manos y la relación del objeto con el propio cuerpo. Jugando con materiales diversos como el barro, la plastilina, la arena, o con las actividades cotidianas, por ejemplo: comiendo primero con los dedos para trabajar la pinza (los dedos que después aguantarán el lápiz), cogiendo bien los cubiertos después, abrochándose los botones de la ropa, atándose los zapatos , etc. todas ellas acciones que madurarán la percepción, la atención, la memoria, la coordinación y la motricidad fina.
La actividad gráfica y la motivación. Coger un útil (lápiz, ceras, pinceles) para hacer garabatos, manipularlos, ensuciarse con pintura, dibujar en superficies diferentes, experimentar con el trazo ha de resultar un placer para el niño y se tiene que contemplar cualquier actividad gráfica no solamente como un entrenamiento previo a la escritura sino también como una herramienta para la expresión tanto física como psicológica del niño. Y los movimientos de pregrafismo como pueden ser las cenefas, hacen que el niño/a trabajen la direccionalidad y el gesto que posteriormente se transformará en la letra.
La correcta prensión del lápiz o bolígrafo es un factor importantísimo a la hora de prevenir la disgrafía y muchas veces una prensión disfuncional está en la base de algunas de ellas. Para poder dibujar las letras de forma correcta y sin esfuerzo excesivo y que provoque cansancio, los dedos que aguantan el lápiz tienen que poder hacer los movimientos de extensión y flexión. Esto solamente se consigue con una prensión “a pinza” con los dedos índice y pulgar aguantando el lápiz o bolígrafo mientras reposa sobre el dedo medio. Todas las otras prensiones, que desgraciadamente observamos en muchos niños y niñas, no hacen nada más que provocar tensión y movimientos incorrectos que repercuten en un trazo mal hecho y con trabajo excesivo.
Teniendo presentes todos estos factores, que por otro lado no son pocos pero sí fáciles de gestionar, podemos dar unas buenas bases a nuestros niños para desarrollar una “ buena letra”
